Trasplante de Cáncer

Palabras clave: cáncer, cáncer trasplantado, trasplante de cáncer, transmisión de tumores, tumores en donantes
El trasplante de órganos lleva asociado un aumento en la incidencia de cánceres de novo en la población trasplantada. Este hecho puede verse favorecido por la disminución de la función inmune efecto de la medicación, o por la acción de virus liberados de control por el mismo mecanismo anterior, o como efecto farmacológico indeseable, o bien como evolución natural de factores tóxicos, infecciosos, ambientales o genéticos en la vida del trasplantado, factores que por otra parte causaron o pudieron contribuir al fracaso del órgano trasplantado. De ser un mero efecto secundario a la disminución de la respuesta inmune, se esperaría un aumento proporcional en los tumores más frecuentes en una determinada población, y esto no es así, por lo que al menos alguno de los otros factores etiopatogénicos barajados debe de entrar en acción, y efectivamente se han implicado otros agentes, como el virus de Epstein Bar y el herpesvirus. Dado que hay un capítulo específico para este tema, no entraremos más en él.
Por otra parte, el acto terapéutico del trasplante de órganos o tejidos lleva aparejado el riesgo de la transmisión de enfermedades del donante, entre ellas la posible transmisión de un cáncer de células del donante al receptor. Sobre esta cuestión y procurando resaltar los aspectos relacionados con el trasplante hepático nos centraremos en este capítulo.

TRASPLANTE DE CÁNCER
La duda sobre si el cáncer era o no una enfermedad transmisible motivó una serie de ensayos de autoinoculaciones documentadas históricamente, salpicadas a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Básicamente, en heridas producidas por unos sencillos cortes se depositó material tumoral, sin que se lograse transmitir ningún caso. En 1901 Nicholas Senn se autoinjertó en antebrazo un cáncer de labio. Un nódulo creció y se mantuvo por espacio de dos semanas, para remitir completamente poco después, y su conclusión fue que el cáncer no era una enfermedad infecciosa transmisible, en contra de la opinión de muchos médicos de la época. Para comprobar la hipótesis de infectocontagiosidad, en los años 40 del siglo XX, Thiersch intentó transmitir diferentes tipos de leucemia en un significativo número de pacientes afectos de cánceres extensos o enfermedades crónicas avanzadas con esperanza de vida menor de dos años. Pese a repetidos ensayos mediante inóculos de sangre, ganglio linfático, bazo o médula ósea inyectados por diferentes vías: subcutánea, intravenosa y en médula ósea esternal, no pudo lograr ningún caso transmitido, al igual que otros investigadores anteriores a los que cita.

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