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Resultados del Retrasplante Hepático y Factores Pronósticos

REFLEXIONES PREVIAS
El trasplante hepático, que en 1984 ya había perdido su carácter de técnica experimental para el tratamiento de las enfermedades crónicas e irreversibles del hígado, ha mejorado sus resultados de forma espectacular en los últimos años hasta lograr supervivencias a los 12 meses que rondan el 90%. Sin embargo, y pese a las mejoras que se han ido introduciendo en diferentes áreas -preservación de órganos, anestesia, cirugía e inmnunosupresión- el trasplante hepático está gravado todavía con una morbididad y mortalidad importantes. En la literatura médica, donde sólo suele recogerse la mortalidad, si se tiene un tiempo de seguimiento dilatado, las pérdidas de injerto pueden superar el 30%. En esta cifra hay dos componentes: la propia muerte del paciente, en ocasiones con un injerto que mantiene sus cometidos, y el deterioro funcional del injerto. Es obvio que ante cualquier menoscabo funcional que se considere definitivo cabe plantearse el retrasplante y en ese momento aparecen una serie de problemas prácticos y éticos notables. Retrasplantar -como trasplantar- es utilizar un bien escaso, un órgano. Y en este contexto deben hacerse, al menos, tres consideraciones que forman un círculo vicioso (ver Fig. 71.1): el número de receptores supera ampliamente al de donantes, la mortalidad en lista de espera es elevada y la supervivencia del segundo injerto es inferior a la del primero.
Basta acudir a cualquiera de los registros nacionales o internacionales para ver que el número de potenciales receptores para cualquier tipo de trasplante aumenta año tras año y que, aunque también aumenta el número de donantes, no lo hace al mismo ritmo, hecho que condiciona una mortalidad en lista. Si se atiende a la memoria de la Organización Nacional de Trasplante española correspondiente al año 1999 en lo que a trasplante hepático se refiere, el número de pacientes en lista fue de 1.610, de ellos 960 fueron trasplantados y 123 fallecieron en lista de espera (mortalidad en lista 7,6%) y todo ello en un panorama que es, sin duda alguna, el mejor del mundo. La tasa de donantes en España se ha incrementado, una vez más, hasta llegar al 33,6 por millón de población. El punto que cierra el círculo vicioso es la supervivencia del retrasplante. Una vez más los datos de los registros nacionales e internacionales,
así como multitud de publicaciones, estiman que la probabilidad de supervivencia de los individuos retrasplantados es un 20% inferior a la de los pacientes que reciben un primer injerto (ver Fig. 71.2)
Quedan pues bien patentes la discordancia entre el número de donantes y el de receptores, una no despreciable tasa de mortalidad en lista de espera y una peor supervivencia de los pacientes retrasplantados.

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